Los hábitos y su huella en el cerebro

Introducción

Ahora que las fiestas navideñas y el cambio de año están próximos, seguro que muchos de nosotros ya estamos pensando en aquello que queremos cambiar o aquello nuevo que queremos aprender. Pero, ¿por qué algunos lo consiguen y otros no?

La instauración de nuevos comportamientos o eliminar otros que llevamos años realizando no es tarea fácil, ya que todos tenemos un bagaje conductual, cognitivo y emocional que nos influenciará en nuestro objetivo.

¿Qué es un hábito?

Según la RAE, “el modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u originado por tendencias instintivas”, responde a la definición de hábito y es el cerebro el que convierte una secuencia de acciones en una rutina automática [6].

Para Duhhig esto se conoce como fragmentación y es la causa de la formación de los hábitos. Hay multitud de fragmentos de conductas en los que confiamos todos los días; siendo unos más sencillos, como poner pasta de dientes en el cepillo antes de llevárnoslo a la boca y, otros más complejos, como vestirse.


¿Cómo se forma un hábito?

Los hábitos surgen para ahorrar esfuerzos y energía. Nos permiten dejar de pensar constantemente en las conductas básicas, como caminar o decidir qué vamos a comer; así podemos dedicar nuestra energía mental a otras conductas. Pero, ¿cómo se forma un hábito? Hay un bucle de tres pasos [6]:

  1. La señal: es el detonante que informa a nuestro cerebro que puede poner el piloto automático y el hábito que ha de usar.
  2. La rutina, que puede ser física, mental o emocional.
  3. La recompensa, que ayuda a nuestro cerebro a decidir si vale la pena recordar en el futuro este bucle en particular.

Las señales pueden ser de casi cualquier tipo, desde un detonante visual como un caramelo como un anuncio de televisión, hasta un lugar, una hora, un día, una emoción o una secuencia de pensamientos o estar en compañía de ciertas personas. Las rutinas pueden ser complejas o simples y las recompensas pueden ser desde comida o drogas, que son las que causan las principales sensaciones, hasta recompensas de tipo emocional.

Con el tiempo, este bucle, a medida que se va repitiendo se va volviendo más y más automático. La señal y la recompensa se superponen hasta que surge un fuerte sentimiento de expectación y deseo.

Algunos experimentos

Desrochers, Graybiel y Amemori, por su parte, señalan que en la adquisición de un hábito intervienen los beneficios que se pueden obtener realizando una determinada conducta pero también los costos que produce.

En sus estudios con monos confirmaron que el aprendizaje por refuerzo establece patrones de conducta que minimizan el costo de obtener una recompensa. Grabaron la actividad de 1600 neuronas mientras los animales creaban libremente, para conseguir una recompensa, el hábito.

Se puso de manifiesto que existen señales que marcan el comienzo y el final de la actividad habitual, es decir que los cambios en la conducta implicaban cambios en la actividad neuronal [4].

Algo similar hallaron investigadores de la Universidad de Duke, señalando que en los ganglios basales se producen los circuitos “go-no go” [11].

Ganglios basales como estructura esencial en la formación de hábitos

Ambas investigaciones señalan los ganglios basales como área crucial en la formación y el mantenimiento de hábitos. Los ganglios basales están formados por el neoestriado (núcleo caudado y putamen), el globo pálido y el núcleo subtalámico y la sustancia negra.

Han sido considerados tradicionalmente como un sistema de control motor pero trabajan conjuntamente con los lóbulos frontales para ayudar a seleccionar la respuesta motora más apropiada e influyen también en la adquisición, retención y expresión del comportamiento cognitivo [8]. Asimismo, también se han visto involucrados en las emociones y en los comportamientos compulsivos [3].

Para Desrochers, además son importantes sus conexiones que van de y hacia el córtex así como su relación con áreas vinculadas a la recompensa. Sería una zona de alternancia entre la realización de acciones y la toma de decisiones y la evaluación de esas acciones y decisiones [4].

Asimismo, investigaciones con ludópatas bajo resonancia magnética han demostrado que al visualizar máquinas tragaperras se activaban las áreas de la emoción y la recompensa solo en el grupo de ludópatas en comparación con jugadores ocasionales [5].

Ya a principios de los 90 cuando los investigadores del MIT empezaron a investigar el papel de los ganglios basales en los hábitos, observaron que los animales con lesiones en ellos de pronto presentaban problemas en tareas como aprender a recorrer laberintos o recordar cómo abrir los comederos.

Tras varias repeticiones de estos experimentos, observaron cómo la actividad cerebral de cada rata cambiaba cuando atravesaba la misma ruta una y otra vez; así, cuando las ratas aprendían a desplazarse por el laberinto, su actividad cerebral disminuía. Cuanto más automática se volvía la ruta, menos pensaban. Esta asimilación de la ruta dependía de los ganglios basales, por lo que resultaron ser esenciales para recordar los patrones y actuar sobre ellos.


El papel de la corteza infralímbica

Una vez que el hábito se ha almacenado como una unidad de conducta, la corteza infralímbica parece ayudar al estriado al fijarlo aún más en forma de actividad cerebral semipermanente. Mediante la dopamina, esta zona de la corteza parece controlar también cuándo permitir la activación de un hábito; inhibiendo esta región se pueden suprimir rutinas profundamente arraigadas [10].

Así pues, las conductas repetitivas se convierten en un hábito y quedan registradas de forma duradera en el cerebro. El problema es que el cerebro no diferencia entre los buenos y los malos hábitos. En estos últimos también hay cierta cantidad de costo y de recompensa y podría ser que la recompensa supere a los costos, a pesar de que uno sabe que algo es malo para sí mismo, uno lo hace porque la recompensa es enorme para el circuito cerebral. Por ejemplo, sabemos que consumir azúcar es dañino para nuestro organismo pero lo seguimos haciendo porque nos produce placer [4].

Por este motivo, nos cuesta tanto cambiar nuestros hábitos, porque están integrados en nuestro cerebro como una huella bajo un proceso en el que intervienen múltiples circuitos cerebrales y basta una pequeña señal para ponerlos en marcha y olvidarnos de nuestro objetivo a implantar.

Pero este hecho también constituye una ventaja ya que al aprender a observar las señales y las recompensas se pueden cambiar las rutinas y no realizar el hábito [6]. Sin embargo, también es importante otro ingrediente más: la convicción de creer que se puede cambiar el hábito. Se tiene que hallar una rutina alternativa ante las mismas señales que recibimos y que nos ofrezcan también una recompensa.


Conclusiones

Así que no hay que esperar a una fecha señalada ni a que nuestro organismo nos dé una señal de alarma para poder cambiar aquellos hábitos no saludables. El cambio puede que no sea rápido ni fácil pero con tiempo y esfuerzo casi todos los hábitos se pueden cambiar.

Investigaciones recientes han demostrado lo que ya Hebb afirmó en su obra “Organización de la conducta” (1949) sobre los cambios plásticos en el cerebro; éstos se encuentran asociados al aprendizaje y a la memoria, a la adquisición de habilidades e incluso al establecimiento de adicciones [7]. La plasticidad neuronal permite la inscripción de la experiencia, la cual modifica permanentemente las conexiones entre las neuronas, provocando cambios tanto de orden estructural como funcional [1].

Referencias bibliográficas

  1. Ansermet F., Magistretti P. (2006). A cada cual su cerebro. Plasticidad neuronal e inconsciente. Buenos Aires, Argentina: Katz Editores.
  2. Buceta, J. M., Bueno, A. M. (2000). Tratamiento psicológico de hábitos y enfermedades, Madrid: Ediciones Pirámide.
  3. Clark, D., Boutros, N., Mendez, M (2012). El cerebro y la conducta. Neuroanatomía para psicólogos, Mexico: Editorial Manual Moderno.
  4. Desrochers T., Amemori K, Graybiel A. M. (2015). Habit learning by naive macaques is marked by response sharpening of striatal neurons representing the cost and outcome of acquired action sequences. Neuron 87, 853-868
  5. Dixon M., Habib, R (2010). Neurobehavioral evidence for the “near-miss” effect in pathological gamblers. Journal of the exerimental analysis of behavior 93 (3), 313-328.
  6. Duhhig, C (2012). El poder de los hábitos, porque hacemos lo que hacemos en la vida y en la empresa, Barcelona: Ediciones Urano S. A.
  7. Gottesman I. y Hanson, D. (2005). Human development: biological and genetic processes. Anual review or psychology, 56, 263-286.
  8. Graybiel, A. M. (1997). The basal ganglia and cognitive pattern generators. Schizofrenia Bull 23, 459-469.
  9. Graybiel, A. M. (2008). Overview at habits, rituals and the evaluative brain. Anual review of Neuroscience 31, 359-387.
  10. Graybiel, A. M. y Smith K. S. (2014). Psicobiología de los hábitos. Investigación y ciencia, número 455, 17-21.
  11. Hebb, D. O. (1949). Organización de la conducta [The organization of behavior]. Madrid, España: Debate, 1985.
  12. O’Hare J., Ade, K., Sukharnikova, T., Van Hooser, S., Palmeri, M., Yin, H., Calakos, N. (2016). Pathway- specific striatal substrates for habitual behavior. Neuron, vol 89 (3), 472-479.
Macarena Sánchez Rojas

Macarena Sánchez Rojas

Psicóloga General Sanitaria (Neuropsicología)

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