La música y su procesamiento cerebral

Música y Procesamiento Cerebral

Introducción

Ir a un concierto, subir el volumen de la radio al escuchar nuestra canción favorita o ver una escena de una película acompañada de una gran melodía son hechos cotidianos que vivimos con gran frecuencia.

Pero, ¿por qué decimos que nos emocionamos tanto ante estas situaciones o por qué nos da un subidón de energía?.

Aquí entra en juego nuestro cerebro y es curioso que se activen las mismas estructuras cerebrales al escuchar música que al tener una experiencia emocional.

De hecho, en la Universidad de Zurich se realizó un estudio sobre el impacto de la música en nuestro estado de ánimo, revelando que la música tiene un poder indudable a la hora de provocar una emoción, si lo comparamos con la imagenería visual [2].


¿Cómo se produce el análisis acústico?

Al escuchar una canción, primero realizamos un análisis acústico a partir del cual una serie de módulos se encargará de unos componentes:

  • La letra de la canción será analizada por el sistema de procesamiento del lenguaje.
  • El componente musical será analizado por dos subsistemas: la organización temporal (analizamos el ritmo y el compás) y la organización del tono.

Estos subsistemas se conectarían con nuestro sistema fonológico al cantar una canción, por ejemplo, y con la memoria asociativa al asociar una canción a un recuerdo.

¿Cómo se procesa la música?

La música entra por el oído hacia la cóclea, donde produce vibraciones en la membrana basilar, transformando las ondas musicales en actividad eléctrica, ésta se transmite hacia regiones talámicas y subtalámicas, como la formación reticular del tálamo, el complejo olivar superior y los colículos inferiores [7].

En estas áreas se produce un primer procesamiento de la señal acústica, basado en el análisis del tono, el timbre y la intensidad musical y es este análisis el que permite identificar sonidos disonantes o potencialmente peligrosos, ante los que hay un aumento de la respuesta electrodérmica y de la frecuencia cardíaca (Orini et al, 2010; Koelsch, 2008).

Desde el núcleo geniculado medial del tálamo, la información parte hacia la corteza auditiva sensorial (áreas 41, 42 y 52 de Brodmann).

En ella, las propiedades físicas musicales se transforman en propiedades perceptivas, para poder ser almacenadas en la memoria ecoica (Bregman, 1994; Patterson et al, 2002).

En esta memoria se almacena gran cantidad de información auditiva durante 3-4s, antes de que cobre un significado completo.

Escena musical, melodía y ritmo

Además se evalúa la escena musical y se analiza la melodía, el ritmo, el timbre, el modo, entre otras cualidades.

Desde la corteza sensorial auditiva, la información se proyecta al sistema límbico, que cumple un papel fundamental en el procesamiento de la emoción musical, así como de la emoción en general.

El núcleo accumbens se activa cuando escuchamos música agradable y decrece la activación de la amígdala cuando escuchamos música relajante (Gosselin et al, 2007; Blood y Zatorre, 2001).

El hipocampo también es fundamental en el mecanismo de respuesta emocional a nivel semántico, sobretodo de la música positiva y familiar (Blood y Zatorre, 2001; Koelsch, 2010).

Pero además de estas estructuras subcorticales, también están implicados el córtex orbitofrontal, el córtex temporal superior y el cingulado anterior (Blood y Zatorre, 2001).

La identificación de melodías alegres o tristes implica el giro frontal inferior, el tálamo medial y el cingulado anterior dorsal.

Asimismo, al escuchar una música agradable se produce un aumento de la producción de endorfinas, hormona vinculada a la sensación de placer y contrarresta los efectos del estrés (Taylor, 1997).

¿Intervienen ambos hemisferios en la percepción musical?

Ha habido un debate sobre la implicación de ambos hemisferios en la percepción musical. Mazziota en el año 1982 y Zatorre et al en al año 1994 ya realizaron los primeros estudios con PET que mostraron una activación hemisférica derecha para la discriminación del timbre, el tono y los cambios tonales.

Asimismo, actualmente se le atribuyen funciones como memoria musical, entonación, memoria tonal y preservación del contorno musical (Loring et al, 1992; Plenger et al, 1996; Bagen et al, 1971; Goron et al, 1974; LIégeois-Chauvel et al, 1998).

Al hemisferio izquierdo se le atribuyen el reconocimiento de estructuras rítmicas, temporales y secuenciales y se relaciona con las representaciones semánticas del estímulo musical (Andrade et al, 1996; Platel et al, 1997).

Músicos y no músicos procesan la música de manera diferente. A mayor conocimiento musical, mayor implicación del hemisferio izquierdo, aunque hoy se sabe que ambos hemisferios están implicados en el procesamiento musical.

La mitad anterior del cuerpo calloso y el cerebelo es mayor en hombres músicos (diferencia no encontrada en mujeres) y hay una mayor simetría y tamaño de la corteza motora de los músicos profesionales (Peretz, 2001; Hutchinson, 2003).

Además, los músicos tienen una mayor representación cortical auditiva que los no músicos, concretamente un 25% superior (Pantev et al, 1998).

Cuando un músico imagina que está tocando una pieza familiar, se activan los lóbulos frontales, el parietal y el área motora suplementaria (Langheim et al, 2002).


¿Especialización musical?

Relacionado con esta especialización musical, se ha demostrado en algunos estudios que tras 15 meses de entrenamiento musical se producen cambios estructurales en el cerebro del niño.

Hay un aumento del volumen en el giro precentral derecho y del cuerpo calloso, lo que implica una mejora en el control motor y en tareas melódica-rítmicas (área auditiva primaria derecha).

Además, se han encontrado diferencias con los niños que no tenían este entrenamiento en áreas frontales, en el pericingulado posterior izquierdo y en la región occipital medial izquierda, zonas encargadas de la integración sensoriomotora del aprendizaje de un instrumento (Hyde et al, 2009).

De hecho, se da por sentado que existe una predisposición genética que nos permite adquirir el lenguaje y reconocer variaciones musicales desde etapas muy tempranas.

En el primer año de vida desarrollamos la capacidad de percepción del sonido, tanto el de tipo musical como verbal y ya desde los seis meses es posible evaluar la capacidad de detección de cambio en las melodías (Izquierdo et al, 2009).

Apoyo académico

Otros beneficios que han sido señalados, plantean la música como herramienta de apoyo académico. Ésta es igual de poderosa que el apoyo individualizado, añadiendo además el efecto lúdico que produce (Neville et al, 2008).

En al año 1993 en la Universidad de California se descubrió que las sonatas de Mozart mejoraban los resultados de habilidades visuoespaciales de los niños, dando origen al “efecto Mozart”, aunque la no obtención de los mismos resultados en estudios de replicación acabaron por cuestionarlo, aunque tuvo una gran repercusión en su momento.

Disminución degeneración neural

También se ha observado que un entrenamiento musical de larga duración durante la infancia y/o adolescencia puede disminuir la degeneración neuronal asociada a la edad (Kraus, 2013).

Como apunta Jordi Jauset en su libro “Música y Neurociencia: la musicoterapia. Sus fundamentos, efectos y aplicaciones terapéuticas”, oír música que nos gusta aumenta la producción de oxitocina y la generación de ondas cerebrales alfa, que están asociadas a estados de relajación.

Líneas de investigación reciente

Debido al creciente interés por los efectos de la música en multitud de aspectos, incluso han surgido disciplinas docentes asociadas a ella, como la musicoterapia.

La Asociación Internacional de Musicoterapia la define como “la utilización de la música y/o de sus elementos (sonido, ritmo, melodía y armonía) por un musicoterapeuta cualificado, con un paciente o grupo, en un proceso destinado a facilitar y promover comunicación, aprendizaje, movilización, expresión, organización y otros objetivos terapéuticos relevantes, a fin de asistir a las necesidades físicas, psíquicas, sociales y cognitivas.

Busca descubrir potenciales y/o restituir funciones del individuo para que se alcance una mejor organización intra o interpersonal y, consecuentemente, una mejor calidad de vida”.

En la práctica clínica diaria la musicoterapia se aplica en una gran cantidad de trastornos, como demencias, estrés-ansiedad, depresión, etc., aunque se carece todavía de suficientes estudios metodológicamente bien estructurados que puedan demostrar su efectividad [5,6].

Así que, por todos estos motivos, ¿por qué no aprender a tocar un instrumento y subir el volumen de la radio?

Referencias bibliográficas

  1. Aguilar Rebolledo, F. (2006). La musicoterapia como instrumento favorecedor de la plasticidad, el aprendizaje y la reorganización neurológica. Plast & Rest Neurol. Vol 5 (1), 85-97.
  2. Baumgartner, T. et al (2005). From emotion to perception to emotional experience: emotions evoked by pictures and classical music. Institute of Psychology, University of Zurich.
  3. Jauset Berrocal, J. A, (2008). Música y Neurociencia: la musicoterapia. Sus fundamentos, efectos y aplicaciones terapéuticas, Barcelona, España, Editorial UOC.
  4. Sel, A. Calvo-Merino, B (2013). Neuroarquitectura de la emoción musical. Revista de Neurología. Vol 56 (5), 289-297.
  5. Soria-Urios, G., Duque, P., García-Moreno, J.M. (2011). Música y cerebro: evidencias cerebrales del entrenamiento musical. Revista de Neurología. Vol 53 (12), 739-746.
  6. Soria-Urios, G., Duque, P., García-Moreno, J.M. (2011). Música y cerebro: fundamentos neurocientíficos y trastornos musicales. Revista de Neurología. Vol 52 (1), 45-55.
  7. Talero-Gutiérrez, C., Zarruk-Serrano, J. G., Espinosa-Bode, A. (2004). Percepción musical y funciones cognitivas. ¿Existe el efecto Mozart? Revista de Neurología. Vol 39 (12), 1167-1173.
Macarena Sánchez Rojas

Macarena Sánchez Rojas

Psicóloga General Sanitaria (Neuropsicología)

2 comentarios

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