NEUROPSICOLOGÍA EN LA CONDUCTA SUICIDA

A qué nos referimos

El suicidio es definido por la OMS como el “acto deliberado de quitarse la vida”. Es una conducta humana que trasciende a culturas, épocas y sociedades. Es más, es un problema de salud pública mundial [2].

Con frecuencia el suicidio es prevenible. En general, los signos de alarma estarán presentes y es preciso tomar en serio a las personas que hablan de quitarse la vida. La mayor parte de las personas que cometen suicidio tienen una enfermedad mental. El problema no sólo afecta a la víctima, sino también a toda su estructura social: familia, amigos y conocidos [4].

En el suicidio intervienen sucesivamente tres etapas, llamadas en conjunto proceso suicida: el deseo suicida, la idea suicida y el acto suicida en sí [4].

Por otro lado, se entiende como “conducta suicida” a toda acción mediante la cual una persona se causa una lesión, independiente de la letalidad, del método empleado y del conocimiento real de su intención, se produzca o no la muerte de la persona [4].

La Neuropsicología en este tema es una oportunidad para conseguir una mejor y más eficiente prevención para la población de riesgo y tratamiento de las personas que ya han tenido actos suicidas [2].

El suicidio es de causa multidimensional en el que intervienen factores sociodemográficos, clínicos, neurobiológicos y genéticos. Actualmente, se sabe que es expresión de un fallo de los mecanismos adaptativos del sujeto a su medio ambiente, provocada por una situación conflictiva actual o permanente que genera un estado de tensión emocional que no puede soportar [4].

Algunos estudios en este ámbito manifiestan, además, que las conductas suicidas podrían tener una predisposición genética independiente del aumento de riesgo suicida asociado al diagnóstico de enfermedades mentales como los trastornos afectivos, la esquizofrenia, o la dependencia de alcohol [3].


Neuropsicología y Neurobiología del comportamiento suicida

Algunas investigaciones pioneras en el tema han puesto de manifiesto el papel de la serotonina en la conducta suicida, consiguiendo asociación entre niveles bajos de 5-HIAA (metabolito de la serotonina) en el líquido cefalorraquídeo de personas con intentos suicidas serios y/o violentos [2,3].

Se ha observado también un aumento del cortisol urinario y en saliva de 24h en pacientes que habían intentado suicidarse recientemente. Igualmente, se ha observado descenso en los niveles de ácido homovanílico en la excreción [2,3].

Por otro lado, la baja cantidad de 5-HIAA y la disminución del HVA en el líquido cefalorraquídeo, parece ser un marcador biológico del comportamiento suicida en al menos algunos pacientes depresivos [2,3].

También correlaciona con el suicidio las bajas concentraciones de neuropeptido junto con el aumento de la hormona liberadora de corticotropina. Las personas que presentan intentos suicidas reiterados, tienen un descenso de esta hormona en líquido cefalorraquídeo, en comparación con las no reiteradoras [2].

Además, la proteína quinasa C se ha visto implicada en la patogénesis de los trastornos del estado de ánimo y se ha observado una reducción significativa de la misma en el hipocampo de adolescentes víctimas de suicidio, en comparación con los sujetos control [2].

Por último, se ha visto relación con varios receptores químicos, como los noradrenérgicos, benzodiazepínicos, de serotonina a nivel plaquetario y con los 5HT1A postsinápticos [2].


Alteraciones funcionales y anatómicas

La hipofunción de la corteza prefrontal provoca alteraciones en el control de la conducta, en la toma de decisiones y en la capacidad para elaborar respuestas adaptativas ante situaciones desfavorables, por lo que puede verse relacionado con estas conductas suicidas. Hay una variabilidad sustancial en las estrategias de toma de decisiones manifestadas por diferentes individuos, y se considera que muchos trastornos psiquiátricos, incluidos los trastornos del humor y de abuso de sustancias, son consecuencia del deterioro de algunos aspectos de la capacidad en la toma de decisiones [1,2,5].

La hiperdensidad en la sustancia blanca periventricular y las alteraciones en el volumen y disfuncionalidad del hipocampo se relacionan con la depresión y, en el último caso, impide la resolución de problemas y la búsqueda de opciones alternativas [1,2].

También se sabe que la hiperactividad de la amígdala aumenta la agresividad y la impulsividad, lo que puede favorecer el suicidio. Las anormalidades en la estructura de este órgano, alterarían la integración de la ansiedad, la agresión y las respuestas adecuadas en situaciones de peligro [1,2].

En cuanto a los biomarcadores, se ha encontrado relación con el colesterol y los ácidos grasos poliinsaturados [2,3].

Determinados rasgos de personalidad como impulsividad, agresividad, o neuroticismo, se han postulado como candidatos a endofenotipo en las conductas suicidas [3].

La relación entre el suicidio y las enfermedades orgánicas es significativa. Hay que considerar que existen enfermedades (cáncer de mama o páncreas, epilepsia, entre otras) que por sí mismas se asocian a trastornos del ánimo [4].


Prevención y tratamiento

Por todo ello, sería aconsejable implementar medidas que se dirijan a reducir el número de suicidios, utilizando la neuropsicología como herramienta de evaluación y cálculo del nivel de riesgo de conductas autoagresivas. Con la evaluación neuropsicológica (con técnicas de screening, biomarcadores, etc.) se podría identificar y tratar precozmente a personas con ideas, planes o conductas suicidas.

Además, se podría realizar un tratamiento urgente a las personas que han llevado a cabo conductas suicidas pero que no han resultado fatales. El tratamiento ideal comprende un abordaje farmacológico a la vez que psicoterapia [2,4].

La promoción de salud para prevenir la conducta suicida debe involucrar no sólo a los profesionales de la salud pública, sino a otras personas que se relacionan más con los pacientes como los familiares, maestros y amigos [4].

Referencias bibliográficas

  1. Alcázar, Córcoles, M.A., Verdejo García, A., Bouso Saiz, J.C. y Bezos Saldaña, L. (2010). Neuropsicología de la agresión impulsiva. Rev. Neurol. 50(5): 291-299.
  2. Celada Cajal, F.J. (2015). Neuropsicología del suicidio y del intento autolítico. Madrid: ResearchGate
  3. Jiménez-Treviño, L., Blasco Fontecilla, H., Braquehais, M.D., et al. (2011). Endofenotipos y conductas suicidas. Actas Esp. Psiquiatr. 39(1): 61-69.
  4. Nizama Valladolid, M. (2011). Suicidio. Artículo de revisión. Rev. Peru. Epidemiol. 15(2).
  5. Solloun, K. y Daeyeol, L. (2012). Corteza prefrontal y toma de decisiones impulsiva. Psiq. Biol. 19(2): 54-61.
Sandra Rodríguez Chinea

Sandra Rodríguez Chinea

Trabajadora social.
Grado en Psicología.

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