TRASTORNOS DEL COMPORTAMIENTO – APROXIMACIONES EXPLICATIVAS

Introducción

Como vimos en anteriores artículos, el Trastorno Negativista Desafiante (aquí) y el Trastorno de Conducta, son considerados como los trastornos del comportamiento en la infancia y la adolescencia.

Tanto el Trastorno Negativista Desafiante (TND) como el Trastorno de Conducta (TC) están definidos como entidades sintomatológicas distintas y, aunque algunos consideran al primero como precursor, o forma más leve, del segundo, la variabilidad de los resultados de investigación no sostiene dicha afirmación y aporta también diferencias en cuanto a su desarrollo y su comorbilidad.

Sin embargo, la mayoría de las investigaciones engloban al TND y al TC en las muestras bajo la etiqueta de trastornos del comportamiento, no pudiendo hacer una clara distinción de los hallazgos para cada trastorno [2].

Para poder explicar qué causa este tipo de trastornos, la respuesta más plausible expone que surgen como resultado de la interacción de genética-ambiente-desarrollo cerebral. La predisposición genética en relación con las experiencias vitales conllevaría una serie de adaptaciones y modificaciones cerebrales que se manifestarían con los síntomas característicos de este tipo de alteraciones del comportamiento [1,4].


Genética y ambiente

Actualmente, no existe un gen único que determine alguno de estos trastornos de la conducta, aunque sí se han hallado datos significativos acerca de su heredabilidad y de la variabilidad de los síntomas, así como, de una predisposición genética para su desarrollo [1,4].

Biológicamente, los trastornos del comportamiento aparecen con mayor frecuencia en niños que en niñas por lo que el sexo es considerado como primer factor de riesgo.

Algunas explicaciones se basan en la producción de testosterona como hormona masculina, por su interacción en la respuesta al estrés y por su papel en el desarrollo de las funciones del lenguaje.

Este último aspecto se relaciona con la mayor posibilidad de resolución de conflictos mediante la agresividad, por parte de los niños que de las niñas, y con menores puntuaciones en el cociente intelectual verbal en adolescentes delincuentes [1,3].

Ambiente familiar

En relación al ambiente familiar, distintas características de los progenitores (salud mental, adicciones), la estructura familiar (separación, monoparentalidad) y el estilo de crianza, son considerados como factores de riesgo ambiental para los trastornos del comportamiento.

En cuanto a la relación padres-hijo se sabe que adoptar un modelo autoritario, permisivo o negligente promueve la aparición de los problemas de conducta. Así, los niños aprenden a ser agresivos al estar expuestos a la severidad, la inconsistencia, o los abusos físicos y emocionales.

Del mismo modo, la respuesta que den los padres a las conductas disruptivas es uno de los puntos de partida de cara a la intervención, ya que se ha descrito un patrón de afrontamiento que conlleva al refuerzo de dichas conductas: cuando un padre/madre no es capaz de manejarlas después de probar distintas alternativas puede acabar cediendo para evitar el conflicto y, de esta manera el niño aprende que gracias a su comportamiento obtiene un beneficio y tenderá a repetirlo [3,4].

Aspectos socioeconómicos

Los aspectos socioeconómicos han sido muy estudiados como otro factor de riesgo. Las clases más desfavorecidas con pocos recursos se relacionan con escenarios que contribuyen a la prevalencia de los problemas conductuales: la violencia en el vecindario, el acceso a la escuela o su abandono para contribuir a la economía familiar, padres adolescentes, etc. [3,4]

Relaciones sociales

Las relaciones sociales sirven como moduladores de la conducta inadecuada tanto como fomentadores de la misma. Por un lado, el niño/adolescente puede aprender un comportamiento si tiene un modelo que actúa de esa manera o verse presionado a realizar el comportamiento desviado, para ser aceptados por el grupo de iguales. Por otro lado, puede ser rechazado por mostrar ese comportamiento y recurrir a amistades con las que sí se siente identificado porque se comportan igual [3,4].


Neurobiología

Uno de los estudios de revisión más interesantes, de recomendable lectura, es el presentado por Matthys, Vanderschuren y Schutter (2013) que realizan una explicación neurobiológica basándose en los aspectos funcionales afectados en menores diagnosticados de estos trastornos. Estos autores exponen la existencia de disfunción en el procesamiento del castigo y de la recompensa, así como en el control cognitivo, relacionándola con alteraciones en distintos sistemas y estructuras. Además, matizan que su explicación concuerda con la interrupción del desarrollo normalizado, por el funcionamiento inadecuado de los tres dominios mentales, y la interacción de los factores ambientales, que son los que proporcionan la información a procesar [2].

Para poder adquirir una conducta socialmente aceptable los niños han de ser capaces de procesar las señales de castigo y recompensa, con el fin de no llevar a cabo comportamientos inapropiados y sí aquellos que son adecuados, además de autogestionar su búsqueda de placer mediante refuerzos naturales. Para el mismo fin, es necesario un buen funcionamiento del control cognitivo del pensamiento, de las emociones y del comportamiento [2].

Según los autores anteriores, estos tres dominios mentales se encuentran neurobiológicamente interrelacionados, pero para una mejor comprensión de los trastornos del comportamiento pueden ser descritos en base a distintos sistemas y su relación con aspectos importantes de la sintomatología que presentan [2].


Sensibilidad al Castigo

El desarrollo de los trastornos del comportamiento puede estar relacionado con la baja sensibilidad al castigo. Ésta puede afectar a que se produzca el condicionamiento aversivo que es necesario para abstenerse de realizar comportamientos inapropiados, impidiendo la asociación del comportamiento inadecuado al castigo que le sigue [2].

Los autores plantean esta afirmación basándose en estudios donde se encontraron las siguientes relaciones en los sujetos diagnosticados de trastorno del comportamiento: una respuesta electrodermal reducida en la anticipación y la respuesta a estímulos aversivos, una baja reactividad de respuesta del cortisol durante situaciones estresantes e hipoactividad de la amígdala ante estímulos negativos [2].

En relación a los neurotransmisores, se sabe que a menores niveles de serotonina y noradrenalina, mayor es la agresividad mostrada en este tipo de trastornos. Esta relación inversa también se ha hallado en aspectos relacionados con la sensibilidad al castigo y la aversión. Así, bajos niveles de serotonina se asocian a un peor reconocimiento del miedo y, bajos niveles de noradrenalina impedirían el estado de alerta que provocaría la consecución de un castigo [1,2].

Sensibilidad a la Recompensa

La baja de sensibilidad a la recompensa puede explicar tanto la dificultad para aprender comportamientos adecuados, como las conductas de búsqueda de estimulación o de sensaciones para lograr un nivel agradable de emoción, que se dan en los trastornos de comportamiento [2].

Por un lado, el aprendizaje por estímulo-refuerzo de estos niños adolescentes puede estarse viendo alterado por el malfuncionamiento de la amígdala y la corteza prefrontal, estructuras muy estudiadas en adultos con conductas antisociales.

La amígdala, que estaría encargada de detectar la valencia positiva de los estímulos, muestra un volumen inferior de materia gris al esperado y podría estar modificando el procesamiento de la recompensa. La corteza prefrontal, por su parte, calcula la expectativa de refuerzo, pero en estos niños su activación es reducida en la situación de recompensa [1,2]

Por otro lado, la búsqueda de estimulación, ha sido referida en estudios que medían las respuestas autonómicas en niños con problemas de conducta, mostrando, por ejemplo, que los niños con una baja frecuencia cardíaca elegían vídeos con un contenido emocional de mayor intensidad.

A este respecto, la dopamina que contribuye a la aproximación hacia los estímulos nuevos y a las gratificaciones. Estos niños también presentan hipoactivación de los sistemas de neurotransmisión dopaminérgica que puede estar provocando que los estímulos ambientales positivos no sean tan atrayentes [1,2].


Ineficiente control cognitivo

El control de la conducta, las emociones y el pensamiento forma parte de las funciones ejecutivas (FE), las cuales incluyen procesos como la planificación, la inhibición de conductas inadecuadas, flexibilidad a los cambios del ambiente y toma de decisiones.

Los déficits en FE en los trastornos del comportamiento se han relacionado con disfunción en el sistema paralímbico (corteza orbitofrontal, temporal superior y cingulada) [2].

Los resultados más consistentes exponen que los niños/adolescentes presentan más problemas ejecutivos cuando tenían que poner en juego aspectos motivacionales, es decir, en las funciones ejecutivas denominadas “calientes” y prefrontales.

En relación a éstas se extrae un control emocional deficiente y la perseveración. Ambos aspectos han sido relacionados con la corteza orbitofrontal que también está implicada en la agresión reactiva.

El niño mantiene su conducta a pesar de que los estímulos del ambiente cambien, incluso aunque siga siendo castigado y puede tener reacciones emocionales (ira, agresión) como reacción incontrolada de las emociones [1,2].


Referencias bibliográficas

  1. Bonilla J y Fernández Guinea S (2006) Neurobiología y Neuropsicología de la conducta antisocial. Psicopatología Clínica, Legal y Forense 6: 67-81.
  2. Matthys W, Vanderschuren LJ & Schutter DJ (2013) The neurobiology of oppositional defiant disorder and conduct disorder: Altered functioning in three mental domains. Development and Psychopathology 25: 193–207.
  3. Okech, V.O. (2017) A Literature Review on the Roles of Social Factors in the Etiology of Dissocial/Antisocial Behaviours in Children and Adolescents. ERIS Journal Vol 17 (4): 5-17.
  4. Quy, K. & Stringaris, A. (2017) Trastorno negativista desafiante. Manual de Salud Mental Infantil y Adolescente de la IACAPAP. Ginebra: Asociación Internacional de Psiquiatría del Niño y el Adolescente y Profesiones Afines. Cap: D2.
Leticia Ramos Blázquez

Leticia Ramos Blázquez

Neuropsicóloga.

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