INTRODUCCIÓN A LA NEUROPSICOLOGÍA DE LA CONDUCTA ANTISOCIAL: DE DENTRO HACIA AFUERA

Introducción

Los seres humanos nos negamos a aceptar que los actos carezcan de sentido (casualidad) y generamos hipótesis para explicar y reconstruir las causas y razones de nuestra actividad tanto rutinaria como específica y, más aún, si estos actos tienen que ver con hechos que puedan clasificarse como reprobables o perjudiciales para otros seres humanos.


¿Qué es el comportamiento antisocial?

Además, si entendemos el comportamiento antisocial como el conjunto de conductas y actitudes que se desvían de la norma causando un perjuicio social que altera el orden establecido, todo ello, descansará sobre el constructo de “la moral”. Es importante realizar este apunte, pues al contrario de lo que se cree o de lo que siempre se asocia, una persona con comportamientos antisociales no es necesariamente un enfermo ni, tampoco, estar enfermo o tener estados alterados de la conciencia siempre será condición suficiente para el comportamiento antisocial. Lo que sí parece evidenciarse es que los sujetos que emiten conductas o sostienen un comportamiento antisocial están carentes, relativizan o crean sus propios constructos de moral desviándose, a veces de manera evidente otras no, del constructo de moral que maneja el resto de la comunidad, sistema o cultura a la que pertenecen. Por cuestiones de extensión, dejaremos para otra ocasión las valoraciones sobre quién se entiende y quiere ser antisocial y quién no, es decir, las dimensiones cognoscitivas y volitivas del comportamiento.

Moralidad

Retomemos, la moralidad es un conjunto de normas y valores, establecidos por la sociedad en la que el sujeto está inmerso y, como veremos, “negociadas” por el propio sujeto, que guían la conducta, de manera que le permite mantenerse a nivel de sus iguales en cada una de las culturas, pudiéndose, en numerosas ocasiones extrapolar a culturas diferentes. El propio hecho de que un sujeto pueda extrapolar esas normas y valores implica que las funciones morales han de ser fruto del desarrollo evolutivo, probablemente, se asienten en circuitos neuronales propios y que se pueda presuponer una “moral primigenia” independiente del contexto social o la cultura en la que se exprese, es decir, universal.

De esa “moral primigenia” (o la moral que se observa, incluso, en animales que, no siendo seres morales (que sí sociales), muestran signos de empatía, de vínculo o de justicia equitativa) es sobre la que vamos a tratar en este artículo.

Quedarían pendiente entonces, para otra ocasión, las cuestiones relacionadas con los traumatismos, la socialización, el aprendizaje o el control que darían respuesta a por qué determinadas conductas antisociales podrían, finalmente, dañar a un nivel más profundo y neurológico a un sujeto, como pueda ser el consumo de sustancias, la percepción del riesgo o las alteraciones del vínculo. Es obvio el porqué de acudir a otras áreas de la Psicología pues, a estas alturas, todos sabemos que no se puede explicar la interacción sin que aparezca el concepto de reciprocidad.

Hipótesis neuropsicológicas de la conducta antisocial

Hasta la realización de estudios neurobiológicos que han identificado algunos de los mecanismos y estructuras cerebrales que intervienen en la generación del comportamiento antisocial, en Psicología, debíamos conformarnos, en muchas ocasiones, con las hipótesis, que aunque tenían una base empírica o analítica no dejaban de ser bastante intuitivas y más explicativas del fenómeno que de las causas, de autores como Piaget, Freud o Kolberg. Básicamente entendían que, cualquier comportamiento antisocial era una desviación de la moral que tenía su etiología casi siempre en un fallo de la adquisición, o en cualquiera de las fases, para la consolidación de lo que se conoce como “autonomía moral” del sujeto y que se alejaba del concepto de la agresividad como mecanismo de supervivencia. Es por esto que, también se tenían en cuenta los trabajos que provenían de la etología de Lorenz y otros, que no dejaban de ser inferencias sobre el comportamiento humano que derivaban de las observaciones del comportamiento social (si es que se apreciaba) y agresivo en otras especies.


Teoría del Aprendizaje Social

Con posterioridad, la Teoría del Aprendizaje Social y, especialmente, Bandura califica una conducta como agresión cuando no se ejecuta como parte de una regla socialmente aprobada, de manera que se comienza a entender el comportamiento antisocial como el conjunto de conductas medibles (cuantitativa y cualitativamente) que se asocian con una agresión a la norma, independientemente de que el sujeto hubiera sufrido hechos traumáticos durante el establecimiento de la autonomía moral o a los meros instintos de supervivencia. Más importante aún es, que Bandura y sus colaboradores hacen referencia a la intención emocional, no sólo racional, de la respuesta antisocial, al añadir que, el propósito principal de la conducta agresiva (antisocial) consiste en herir y destruir. Al igual que importantes son las aportaciones, desde la Psicología Social, de Festinger o Zimbardo pues, analizadas en profundidad vienen a sostener que las estructuras y procesos que tiene que ver con la valoración moral podrían informar de una mayor o menor cantidad de disonancias cognitivas presentes en estos sujetos.

La orientación biológica

En la actualidad, como indican Fariña y Arce (2003), “las explicaciones teóricas derivadas de la orientación biológica se centran en la relación entre la conducta agresiva y los instintos de supervivencia, los procesos bioquímicos (como la testosterona, la adrenalina, la noradrenalina, la serotonina, entre otras), las disfunciones electroencefalográficas, las alteraciones cromosómicas y la influencia genética.” Estas explicaciones biológicas estarían, hoy, íntimamente ligadas a las de la neuropsicología.

Desde la Neuropsicología, se establecen tres áreas cerebrales relacionadas con la conducta agresiva (antisocial): El tronco del encéfalo y el hipotálamo, el sistema límbico y la corteza frontal. Lo que significa que las conductas violentas están asociadas a una disfunción en estas tres áreas cerebrales, que reduce la actividad del hemisferio izquierdo (Henry y Moffitt, 1997; Scarpa y Raine, 2000).

También se presta especial atención a los estudios de Eysenck sobre el nivel de activación cortical, sugiriendo que una baja activación incrementa la necesidad de una mayor estimulación, lo cual dificulta el aprendizaje condicionado y la inhibición de la conducta antisocial en los sujetos (Eysenck,1978; Mednick y otros, 1987).

Aplicando a la neuropsicología el modelo biopsicosocial, Moffit (1993) considera que una combinación de características personales o psicobiológicas (déficits neuropsicológicos que producen irritabilidad, hiperactividad, impulsividad, posibles problemas perinatales, malnutrición en el embarazo, exposición a agentes tóxicos, complicaciones en el parto y factores genéticos) y del contexto se combinarían para que un sujeto desplegara el comportamiento antisocial.

Según Alcázar-Córcoles y su equipo, de los estudios de Raine y cols. puede concluirse que los individuos con alteraciones funcionales o estructurales en el sistema regulador del afecto podrían, por tanto, manifestar comportamientos descontrolados y dominados por la ira, debido a su estilo de respuesta dirigido por la estimulación externa y la incorrecta interpretación de esta información como amenazante, a pesar de que sus capacidades de inteligencia general, razonamiento lógico y conocimiento declarativo de las normas sociales y morales se encontrarían probablemente preservadas. Así mismo, Dougherty y sus colaboradores informan acerca de que una actividad aumentada en el córtex orbitofrontal puede impedir la aparición de una respuesta externa secundaria a ira inducida.

Como se puede comprobar no engañamos al lector si afirmamos que muchas son las hipótesis que existen sobre la conducta antisocial por lo que animamos al mismo a que investigue y revise los trabajos sobre el tema por los investigadores mencionados así como los de Haydt, Damasio, Gazzaniga, Goldberg, Ishikawa, Cohen o Ekman.


¿Por qué no soy un antisocial?

Por todo lo anterior, podría establecerse que la mayoría de las conductas y actitudes del comportamiento antisocial son principalmente valoradas por un observador externo sin que exista, necesariamente, disfunción en el sujeto que las emite o él las reconozca como tal. Por este motivo, muchas son las teorías propuestas, no sólo desde la Psicología sino también desde la Sociología, la Criminología e incluso el Derecho, sin embargo, aquí, nos gustaría plantear el comportamiento antisocial en relación con sus bases neuropsicológicas.

De manera intuitiva, cualquiera puede establecer que emitir conductas de tipo antisocial va a estar relacionado con dos áreas predominantes de la interacción: La comunicación y el desarrollo socio-cognitivo. Es decir, a priori, la conducta antisocial ha de estar relacionada con el lenguaje (o sistemas de signos) y su expresión y las emociones y la motivación que nos llevan a establecer vínculos con los otros, todo ello, pasado por el tamiz de procesos psicológicos como la percepción, el pensamiento, las funciones ejecutivas o la metacognición. Por lo tanto, en un nivel básico de análisis, podemos concluir que un sujeto no emitirá conductas de tipo antisocial cuando no presente disfunción las áreas cerebrales que conformarían los sistemas que aseguran una buena adquisición las competencias mencionadas y/o los sistemas de supervisión-gestión de las mismas una vez adquiridas, es decir, no soy antisocial (o no emito conductas antisociales o tengo un comportamiento antisocial) porque tengo la capacidad de emitir “respuestas morales”, de manera que ha de funcionarme correctamente.

a) Estructuras y procesos:

Siguiendo el modelo de Gazzaniga para el cerebro, supondríamos que la actividad cerebral iría encaminada a respuestas adaptativas a demandas individuales o sociales de manera que el funcionamiento cerebral se basaría en un sistema de módulos paralelos que elaboran la información y, de modo competitivo, dan respuestas priorizadas y jerárquicas, condicionadas al estímulo y a la experiencia previos. Los componentes de dichos “módulos” relacionados con las respuestas morales son:

Corteza prefrontal anterior (aPFC), corteza orbitofrontal medial y lateral (mOFC y IOFC), corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC), regiones ventromediales de la corteza prefrontal (vmPFC), lóbulos temporales anteriores (aTL) y surco temporal superior (STS); la amígdala, el hipotálamo, el área septal y núcleos diencefálicos alrededor del tercer ventrículo y tegmento mesencefálico.

Teniendo en cuenta que

Para la respuesta más automática (o su componente activador es más emocional): Habrá predominio de activación en la amígdala, el surco temporal superior, el hipotálamo, el área septal y núcleos diencefálicos alrededor del tercer ventrículo y tegmento mesencefálico. Las lesiones o disfunciones en estas estructuras suelen reflejarse en las conductas antisociales que tiene que ver más con la agresión hostil, el componente actitudinal del comportamiento antisocial y/o la satisfacción inmediata de un deseo (placer/displacer).

Para la respuesta más elaborada (o su componente activador es más racional): Habrá predominio de activación en la corteza dorsolateral y cingular anterior. Las lesiones o disfunciones en estas estructuras suelen reflejarse en la organización/desorganización de la respuesta antisocial, la agresión instrumental, así como, en la influencia del razonamiento sobre el control emocional en el componente más conductual del comportamiento antisocial

No deberíamos terminar este apartado sin hacer una mención especial al núcleo de accumbens, pues, como hemos dicho, el placer o el displacer y el consumo de sustancias suelen ser un factor importante para la emisión del comportamiento antisocial, tanto como la percepción de riesgo. Las vías aferentes (vía de la corteza prefrontal asociativa, amígdala y tegmental ventral) y eferentes (vía del globo pálido, tálamo y corteza prefrontal) del núcleo de accumbens forman parte de lo que se conoce como bucle cortico-estriado-talámico-cortical. Estas vías están relacionadas con la liberación de dopamina y el cerebro de los sujetos que emiten conductas antisociales podrían ser más reactivos a dicha sustancia y mostrar una tendencia exagerada a sucumbir al impulso de recompensa sin contemplar las consecuencias (Meyer Lindenberg, Buckholtz y cols., 2006).

Para finalizar, habrá notado el lector que muchas de las conductas que emitirán estos sujetos va a estar relacionadas con los constructos de inteligencia y personalidad que suelen relacionarse con interacciones más difusas y complejas de los módulos cerebrales pues no se limitan a estructuras específicas sino al funcionamiento global. Es por esto mismo, que no se debe caer en error de entender que, el comportamiento antisocial (tanto para las conductas como para las actitudes), es sólo la expresión de la biología o de un daño neurológico o viceversa.


b) Otros:

– Las neuronas espejo son un tipo particular de neuronas que se activan cuando un individuo realiza una acción pero, también, cuando el sujeto observa una acción similar realizada por otro individuo (Rizzolatti, 2005). Las neuronas espejo forman parte de un sistema de redes neuronales que posibilita la percepción-ejecución-intención. Las neuronas espejo se han localizado en la región F5 del córtex premotor de los primates (área que corresponde al área de Broca en el cerebro humano). En humanos, el sistema es más complejo e integra en sus circuitos neuronales la atribución/percepción de las intenciones de los otros, la teoría de la mente (Blakemore y Decety, 2001; Gallese, Keysers y Rizzolatti, 2004) por lo que encontramos neuronas espejo en el córtex premotor, principalmente, el área de Broca, el área parietal postero-inferior, la zona posterior de la primera circunvolución temporal, el lóbulo de la ínsula.

De esta manera, cuando un sujeto realiza acciones en contextos significativos, tales acciones van acompañadas de la captación de las propias intenciones que motivan a hacerlas y, por lo tanto, el sujeto puede atribuir a otro la intención que tendría tal acción si la realizase él mismo. Las neuronas espejo serían las encargadas de que el sujeto sepa cómo me siento yo porque, literalmente, el sujeto siente lo que estoy sintiendo. El correcto funcionamiento de estas neuronas, por tanto, permite el intercambio complejo de ideas y prácticas que llamamos cultura, los trastornos psicopatológicos o numerosos déficits y, como no, en el comportamiento antisocial. Los mismos, pueden encontrar en las neuronas espejo claves para su explicación.

Por otro lado, también parecen ser importantes en la imitación pues si el sujeto no es capaz de sentir lo que siento mediante “esquemas reflejados”, al menos, imitando nuestra conducta debería de ser capaz de adquirirlos y establecerlos, es decir, las neuronas espejo estarían implicadas en informar al sujeto de que, si no es capaz de ser empático, al menos, nos imite pues, en las situaciones sociales, la imitación suele ser suficiente para resolver el conflicto, sin embargo, una alteración en las neuronas espejo suele informar de problemas en la imitación de gestos típicamente sociales y que se explican por la Teoría de la Mente.

Teoría bioquímica

De otro lado, la teoría bioquímica considera que son los procesos bioquímicos inherentes al individuo los principales responsables de la conducta agresiva (Mackal, 1983). Se parte de la premisa de que los neurotransmisores producen alteraciones en los potenciales durante la transmisión sináptica, de manera que se alteran la excitación, el mantenimiento y la inhibición de los impulsos neuronales y, en consecuencia, el sistema nervioso se ve incapaz de ejecutar correctamente las conductas, sobre todo, las relacionadas con la inhibición.

Fariña y Arce (2003), a modo de resumen, informan de que “(…) La secreción de noradrenalina reduce la inhibición del sujeto, porque esta sustancia se forma en los nervios adrenérgicos, los cuales son transmisores químicos de los impulsos excitatorios (Cantarow y Schepartz, 1962; Mackal, 1983). Además, según Duckworth, Masi y Kitabchi (1974) la secreción de esteroides corticosuprarrenales y el aumento de adrenalina en la sangre correlaciona con un estado emocional que da lugar a la conducta agresiva, es decir, los esteroides de la corteza suprarrenal serán capaces de inducir estados mentales agresivos. Del mismo modo, el 17 OHC (hidroxicorticosteroide) y los 17 cetosteroides parecen estar relacionados con los estilos agresivos.

En consecuencia, actúan como hormonas hipotéticas de la agresión. Aluja (1991) y Garrido, Stangenland y Redondo (1999) apoyan la tesis de la influencia de las catecolaminas (adrenalina y noradrenalina) en la agresión; afirman que las hormonas gonadales son variables relacionadas con la conducta antisocial, ya que los estrógenos y la progesterona inhiben la agresión, mientras que la testosterona la potencia. Por ello, el hipotálamo (centro nervioso regulador de conductas básicas de supervivencia, como la agresividad) y la glándula pituitaria (productora de hormonas como la testosterona) también desempeña una función relevante en el control y producción de la conducta agresiva y antisocial.”

Sintetizando, los neurotransmisores como la serotonina, la dopamina y la noradrenalina afectan al control de conductas agresivas, irritables e impulsivas (Rezetti, 1994) pero no sólo los neurotransmisores, otras sustancias como como las vitaminas, los minerales, la glucosa, el mercurio, el plomo, el alcohol y los psicotrópicos.

Para finalizar, sería interesante que el lector abundara sobre los estudios genéticos relacionados con la MAO-A pues estudiando la diferencia entre la presencia de la forma H o L de la MAO A, se encontró que aquellos que los sujetos que presentaban la variante H asociada con riesgo aumentado de comportamiento violento mostraban reducciones de volumen en el sistema límbico y la región amigdalina, con un aumento de la respuesta durante estímulos emocionales (hiper-reactividad de amígdala e hipocampo) así como problemas de inhibición (hipo-reactividad de corteza prefrontal) (Meyer Lindenberg y cols., 2006; Caspi y cols., 2002).


Conclusiones

A modo de resumen práctico de todo lo expuesto en el presente artículo, podría inferirse que las conductas relacionadas con el comportamiento antisocial que podrían presentar los sujetos cuando hay lesión o disfunción en cada una de las áreas/sistemas/procesos mencionados3 se corresponderían con

  • El “Síndrome disejecutivo”, a saber, problemas afectivos y/o desajuste en la emoción, en el juicio social, en la memoria de trabajo, en el pensamiento abstracto, en la flexibilidad cognitiva, en la planificación de tareas, en el control de los impulsos y en la intencionalidad de las acciones.
  • Problemas de codificación, recuperación y reconocimiento en memoria a corto y a largo plazo, así como, el mantenimiento de la información para ejecutar tareas en el momento en el que se solicitan. Problemas en la selección de la información relevante/no relevante en el olvido.
  • Dificultades para la comprensión de la ironía, las metáforas o las anáforas. Alteraciones sintácticas, problemas en la fluidez verbal tanto por exceso como por defecto, problemas en la interpretación de los verbos de intención o los que la acción implica más de un sujeto (creer, pensar, sentir…). Alteraciones en la prosodia, el lenguaje no verbal y la categorización semántica.
  • Impulsividad, agresividad y desprecio hacia la autoridad y las normas sociales desde las más simples, como son las de convivencia, hasta las más complejas, el sistema de Gobierno y las instituciones que lo representan.
  • Problemas en el discurso y el contenido del pensamiento como consecuencia de la detección de errores o inclusión de información no relevante con el propósito de persuadir a su interlocutor. Uso del engaño sólo porque sí.
  • Predilección por las tareas placenteras y por evitar las displacenteras para sí mismo, no así para los otros.
  • Problemas con la demora en la gratificación y umbrales muy bajos de tolerancia a la frustración.
  • Comportamientos fraudulentos e, incluso, delictivos con la justificación de “sentirse agraviado”.
  • Consumo/abuso de sustancias.

No obstante, este artículo no pretende ser una revisión exhaustiva y sistemática de todas las hipótesis/modelos/ teorías neuropsicológicas del comportamiento antisocial sino una primera aproximación a que el lector se interese en su estudio y sea capaz de hacerse peguntas o establecer hipótesis para futuras investigaciones. Para finalizar, bien valga una muestra: ¿Todas las conductas y actitudes del comportamiento antisocial son algorítmicas, razonadas o una combinación? ¿Por qué hay conductas antisociales que se prevén automáticas en función de la configuración del cerebro del sujeto en unos se expresan y en otros no?… Les animo a seguir investigando.


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Rebeca López-Tofiño García

Psicóloga Máster en psicología jurídica, judicial y forense

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