¿Qué relación existe entre el olfato y la memoria?

Historia del estudio del olfato

De todos los sentidos, el olfato ha sido al que se le ha otorgado, en humanos, menor importancia aunque es el más antiguo y conservado, dado que los olores han sido utilizados a lo largo de la historia para buscar comida, reproducirse, huir de amenazas o marcar territorio.

El primer autor que se dedicó al estudio de la memoria olfativa en psicología experimental fue el sueco Trigg Engen en los años 70. En su estudio, algunos minutos, días o meses después de haber sido expuestos a dos series de fotografías y olores los sujetos tenían que indicar las que reconocían entre una serie más amplia de estímulos.

Aunque al principio no había nada que destacar en cuanto al tema, cuatro meses después del estudio el porcentaje de reconocimiento visual se desploma, mientras que los recuerdos olfativos siguen intactos.

Asimismo, ya el cirujano francés Landré-Beauvais, en el siglo XVIII, recomendaba a los médicos memorizar los diferentes olores que exhalaban los cuerpos, tanto sanos como enfermos, a fin de crear una tabla olfativa de las enfermedades. De esta forma, los médicos trataban de analizar los olores con el fin de elaborar un primer diagnóstico.

Axel y Linda Buck

Ya en 2004 se otorgó el Premio Nobel de Fisiología o Medicina a Richard Axel y Linda Buck por el descubrimiento de los genes que codifican proteínas receptoras olfatorias, lo que ha posibilitado dibujar el trayecto que sigue la información transmitida por cada receptor hacia el cerebro y poder comprender la lógica molecular del olfato. Linda Buck decía que existe un abecedario de receptores que crea una respuesta olfativa específica en el cerebro: “cada receptor es utilizado una y otra vez para definir un olor, igual que las letras son utilizadas una y otra vez para definir distintas palabras”.

Marcel Proust

Aunque sin duda el autor más destacado en cuanto a la relación entre la memoria y el olfato fue Marcel Proust con la mítica historia de la magdalena y el té: “en el mismo instante en que ese sorbo de té mezclado con sabor a pastel tocó mi paladar…el recuerdo se hizo presente.

Era el mismo sabor de aquella magdalena que mi tía me daba los sábados por la mañana. Tan pronto como reconocí los sabores de aquella magdalena apareció la casa gris y su fachada, y con la casa, la ciudad, la plaza a la que se me enviaba antes del mediodía, las calles…”

Hasta hace poco, se decía que los humanos éramos capaces de detectar diez mil olores distintos, pero recientemente se ha publicado que, como mínimo, el olfato humano distingue un billón de olores, aunque no es igual en todas las personas y depende mucho de aspectos culturales o emocionales.

Seguramente esto nos ha ocurrido a todos; en algún momento de nuestra vida hemos olido algún perfume, alguna comida o prenda que nos ha recordado algún momento especial, cargado de significado emocional. El 85% de recuerdos olfativos son agradables, evocadores de la infancia y de vacaciones, naturaleza, etc. En cada caso, es el contexto lo que parece determinante.


¿Qué pasa a nivel biológico y cerebral?

Al percibir un olor se activa la corteza olfativa primaria que tiene conexión directa con la amígdala y el hipocampo. La amígdala es importante para otorgar propiedades afectivas pero también aversivas a los olores, como se descubrió en la década de los setenta.

El hipocampo, por su parte, está involucrado en los procesos de aprendizaje y memoria; así pues, la amígdala conecta ese aroma en concreto con una emoción y el hipocampo relaciona ese olor con un recuerdo en la memoria.

Posteriormente, entran en juego otras áreas del cerebro como el hipotálamo (procesamiento hormonal) y la corteza frontal (considerada como el área secundara del procesamiento olfativo). Por tanto, la célula olfativa en la nariz reconoce el olor y se dirige directamente hacia el cerebro, grabando esos aromas en nuestra memoria, asociándolos con algún momento, situación o personas y al percibirlos más tarde, en otro momento, nos evocan sensaciones o recuerdos de gran carga emocional. Y esto se debe a que el olfato pertenece al sistema límbico.

Memoria olfativa

Normalmente, las memorias se adquieren gradualmente y se perfeccionan con la práctica, a excepción de las memorias de las situaciones con alto contenido emocional, que pueden ser adquiridas y formadas muy rápidamente, con una sola experiencia; de ahí, que recordemos perfectamente el lugar o situación donde vimos las noticias del 11-S.

Y ya, como se puso de manifiesto con el estudio pionero de Engen en los 70, el recuerdo de aromas y olores es mucho más intenso y duradero que las imágenes o los sonidos.

Poseemos un patrimonio olfativo propio y común que hemos ido acumulando a lo largo de los años, de manera totalmente inconsciente. Al volver a percibir un determinado aroma, aunque sea muchos años después, se activará el recuerdo asociado a ese aroma.

Además, una peculiaridad del sentido del olfato es que los olores van directamente desde la nariz hasta el sistema límbico, a diferencia del resto de sentidos que, en primer lugar, pasan por el tálamo. Además, los olores se procesan en el mismo hemisferio por donde ha entrado el aroma.


La pérdida de olfato

Los resfriados, la enfermedad crónica nasosinusal y los traumatismos craneoencefálicos son las tres principales causas de pérdida de olfato.

Otras causas serían las enfermedades neurodegenerativas (Parkinson y Alzheimer, principalmente), tumores cerebrales o causas congénitas o hereditarias.

Existe evidencia clínica de que la presencia de hiposmia o anosmia precede con mucha frecuencia, incluso por décadas, la aparición de enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson o el Alzheimer.

Según Wilson y Stevenson (2003), el procesamiento olfativo depende en gran medida del aprendizaje y la memoria, por eso las enfermedades que afectan a la memoria deterioran la capacidad de detectar la presencia y la intensidad de los olores.

Partiendo de esta idea se ha desarrollado a nivel europeo un proyecto llamado GYMSEN basado en la gimnasia y estimulación sensorial para mayores para prevenir el declive tanto cognitivo como físico.

Olfato, memoria y marketing

Esta relación entre memoria y olfato la tienen muy presente actualmente algunas tiendas y marcas comerciales no sólo para atraer clientes o vender un producto, sino también para vender una experiencia emocional.

De ahí surge el marketing sensorial, que se define como la utilización expresa de estímulos y elementos que los consumidores perciben a través de los sentidos (vista, tacto, gusto, oído y olfato) para generar determinadas atmósferas.

OLMARCAT es una investigación sobre el olfato como identificador de marca comercial promovida por el Hospital Clínic y la Facultat de les Ciències de la Comunicació de la Universitat Autónoma de Barcelona.

De cada vez más se ha ido dando más importancia a las emociones asociadas a un producto. Se ha llamado “odotipo” a los olores de marca que han sido creados para otorgar a una marca esta nueva diferenciación y así ser fácilmente reconocible para el público (caso de la tienda Abercrombie).


Conclusiones

Determinados olores pueden cambiar nuestro humor, despertar emociones o evocar recuerdos, por lo que el olfato tiene unas implicaciones sociales y emocionales muy importantes.

La relación entre memoria y olfato es todavía muy compleja pero por lo general tiende a aumentar la probabilidad de que un evento se recordará más tarde y lo hará, quizá, más intensamente, por ejemplo, a través de flashbacks.

Así que, aprovechando estas fechas navideñas en las que nos rodeamos de buenos olores de comida, de familia y amigos y vivimos situaciones especiales vamos a intentar acumular buenos momentos rodeados de estos intensos aromas para que, con posterioridad, al volver a olerlos, vengan a nuestra mente esos bonitos momentos.


Referencias bibliográficas

  1. Candau J., (2001), La tenacidad de los recuerdos olfativos, Revista Mundo Científico, 227, p50-54.
  2. Gómez M., García C., (2012), Marketing sensorial. Cómo desarrollar la atmósfera del establecimiento comercial, Distribución y Consumo, Marzo-Abril.
  3. López-Mascaraque L., Ramon Alonso, J., (2017), ¿Qué sabemos del olfato?, CSIC, Los libros de la Catarata, Madrid.
  4. Miranda M., Pérez C., (2006), ¿Por qué evaluar el olfato?, Revista Médica Clínica Las Condes; 17 (3): 120-3.
  5. Morgado, I. (2005), Psicobiología del aprendizaje y la memoria, CIC (Cuadernos de Información y Comunicación), 10.
  6. Navalles, P., (2011), Los olores como marca comercial, Rev Rinol; 11 (2): 23-8.
  7. Proust M., (2016), En busca del tiempo perdido (1): por el camino de Swann, Alianza Editorial, España.
Macarena Sánchez Rojas

Macarena Sánchez Rojas

Psicóloga General Sanitaria (Neuropsicología)

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